No se si a vosotros os ocurre pero a mi no deja de sorprenderme cada vez que escucho en una conversación con padres, maestros u otros agentes implicados en la educación infantil las recurrentes “coletillas “  “A este niño le faltan límites…” “No has sabido ponerle limites”….” Se te va a subir a la chepa...” Pareciera que cualquier problemática infantil, sea de la índole que sea, es causa de la ausencia de unos límites severos e inflexibles y que , en consecuencia, el procedimiento universal para solucionarlo consiste en comprar una cartulina, unos rotuladores de colores y colgar en la nevera una programa de economía de fichas que conseguirá meter en vereda a nuestros chicos en un tiempo record. Así, de una forma simple y con el rostro de satisfacción de una aparente sabiduría y comprensión del universo infantil, muchos de nosotros, padres y lo que es peor, profesionales de la educación, diagnosticamos en apenas diez segundos las problemáticas infantiles. A menudo me pregunto el por qué del éxito de esos programas y la respuesta es clara y simple, vienen a llenar el hueco de una demanda social que muchas veces nada tiene que ver  con las necesidades de los niños. 
Este tipo de sentencias y afirmaciones ,aparentemente inocentes y bienintencionadas, en las que se piensa ,por supuesto, y por encima de todo, en el bien de los niños utilizando  argumentos tan absurdos como la necesidad de crear niños autónomos e independientes preparados para la dura vida de nuestra sociedad, guardan detrás, en muchas ocasiones, una visión un tanto perversa de la infancia en la que se mira a los pequeños como pequeños manipuladores a los que hay que mantener a raya. De hecho, no son pocas las recomendaciones educativas que basan en el establecimiento de limites desde el mismo nacimiento, límites a la cercanía afectiva, a tomarlos en brazos, a acunarlos, a besarlos,  en definitiva, a todo lo que tenga que ver con cualquier tipo de emoción con el objeto de hacer de la paternidad un asunto poco molesto. 
En mi opinión y lejos de afirmar que los límites no son necesarios, que sin duda lo son , habría que plantearse varias cuestiones importantes en relación al cómo, por qué y cuándo de los mismos
Cuando decimos un “no” a nuestros pequeños deberíamos plantearnos, si no queremos caer en una dinámica en la cual la negativa esté continuamente en nuestra boca, algunas preguntas importantes. ¿Responde ese límite a mi propio capricho y mi necesidad de percibir su obediencia? ¿Contribuye realmente esa frustración a su adecuado desarrollo  o está en realidad relacionado con mis propios miedos e inseguridades? ¿Responde a preservar la seguridad de mi hijo o a una cuestión de la imagen social que quiero proyectar? ¿Soy coherente a la hora de aplicarlos? ¿Entiendo realmente cuál es su momento evolutivo y si es realmente capaz de entender la lógica de mi negativa?
A los niños pequeños les cuesta aceptar los límites porque básicamente no entienden nada de la lógica del límite de los adultos, su única lógica es el juego. Desde algunas líneas educativas se afirma que el niño puede aprender a obedecer desde bien pequeño.   Sin embargo, hasta aproximadamente los dos años y en algunos casos los tres, aunque los niños sí son capaces de interpretar nuestra cara de enfado y el afecto negativo o positivo que acompaña a una afirmación del adulto, están muy lejos de entender e interiorizar la lógica del “no” y lo vivencian como un limitador absurdo de su necesidad exploratoria.
En mi opinión, el “no” tajante debería reservarse para ocasiones en las que es absolutamente necesario preservar la seguridad de nuestros hijos, sin embargo, nos esforzamos en convertir el día día en una lucha constante e ineficaz coartando en muchos casos su desarrollo mediante la exploración. Un niño que está descubriendo el mundo difícilmente entenderá los limites a jugar con un atractivo móvil táctil, un mando a distancia repleto de atractivos botones, una maravillosa planta verde o el atractivo juguete de otro niño. ¿No valdrá más la pena tirar de nuestros recursos creativos y ofrecerle algo mucho mas atractivo como por ejemplo jugar con nosotros, en lugar de  empeñarnos en restringir una y otra vez sus ansias de descubrir?  
José R. Codina Villalón