Una la de las consultas más habituales en el campo de la pediatría y la psicoterapia infantil es la relativa a las dificultades sobrevenidas a la hora de alimentar al bebé.   Lejos de caer en interpretaciones reduccionistas, por desgracia bastante comunes,  trataremos de explicar qué se juega aquí entre el niño y la figura materna.
Las dificultades en la alimentación del bebé suelen aparecer entre los 5 y los 8 meses, a veces progresivamente y otras veces de repente. En muchas ocasiones, aparecen inicialmente como una actitud reactiva frente a un destete vivido como precoz, pero pronto, el rechazo del alimento produce irremediablemente una reacción de ansiedad en la madre que da lugar a todo un conjunto de maniobras cuyo objetivo final es conseguir que el niño coma a toda costa. Así, se recurre a todo tipo de estrategias ;distraerlo .inmovilizarlo,   abrirle la boca por la fuerza, etc. Sin embargo, hay una cuestión que  los padres no advertimos, es el niño en último término quien ostenta el poder en la de decisión de ingerir o no el alimento ya que siempre puede vomitar el alimento. La sabiduría popular entra entonces en acción, padres y amigos emiten sus peculiares diagnósticos. Por desgracia, la amplia diversidad de opiniones no demandadas al respecto, lejos de aportar soluciones, incrementan la angustia de los padres que ni si quiera advierten que exceptuando casos extremos, el bebé sigue creciendo e incluso engordando. El pulso en la relación respecto a la comida se ha convertido en el centro del problema, en palabras de François Dolto “La comida deja de significar para el niño la ingestión del alimento, sino más bien la absorción de la angustia materna”
En muchos casos, la reacción de anorexia está centrada en la relación con la madre comiendo el niño perfectamente con cualquier otra persona. La madre, entonces, experimenta esta conducta como una actitud de rechazo centrado directamente sobre ella ¡¡No se come mis papillas!! ¡¡Con su abuela come y conmigo no!!
Frecuentemente nos encontramos con una situación reactiva (al destete, a una enfermedad o a un cambio significativo en la rutina diaria) de rechazo a la comida agravada por una actitud de acoso por parte de la madre que probablemente se resolverá en la medida en que se tomen en cuenta ciertas consideraciones como;
  • Considerar la posibilidad de contar con una ayuda temporal a la hora de dar la comida. El padre u otra persona familiar darán la comida.
  • Tratar de cambiar la actitud de presión que se ejerce sobre el niño, tanto al alimentarlo como en cualquier otra actividad.
  • Comprensión de la situación por parte de la madre, lo que incluye poder separarse un poco en la relación con su hijo y no tomarlo como algo personal en contra de ella, es decir, entender que el niño puede tener la posibilidad de decir no comprendiendo que medida no se le está permitiendo  al niño articular su propio deseo
  • Tratar de analizar la vivencia de angustia de no ser una buena madre representada en la alimentación
Sin embargo, a veces se dan situaciones graves en las que la reacción anoréxica del niño persiste, pudiendo aparecer otros trastornos como perturbaciones del sueño, pataletas intensas, espasmos de sollozo, etc. Las horas de las comidas se convierten en un auténtico pulso entre la madre, que intenta utilizar todo tipo de recursos para introducir un poco de comida y su hijo. El comportamiento anoréxico puede alternarse con fases durante las cuales el niño come mejor, fundamentalmente los alimentos que él elige. En estos casos se recomienda intervención terapéutica. El abordaje terapéutico deberá centrarse en la relación madre-hijo, intentando aminorar la angustia de la madre y reducir las actitudes nocivas más significativas. La sola decisión de consultar basta en ocasiones para calmar los temores. No obstante, dado que estas actitudes proceden de conflictos preconscientes o inconscientes de la madre relativos al vínculo de la alimentación, en ocasiones es necesaria una psicoterapia materna o de madre-hijo.