La mayoría de los niños presentan a lo largo de su
desarrollo evolutivo un apego
excepcional a un objeto
y todo padre sabe que desempeñan una función
importante: proporcionan consuelo al
niño
. Ejemplos de estos objetos pueden ser las
mantitas, chupetes, pañuelos, etc., a los que el bebé se aferra en estos
primeros meses, y que le proporcionan una defensa contra la ansiedad, siendo
incluso a veces imprescindibles para poder conciliar el sueño.
Donald Winnicott, pediatra y psicoanalista inglés, acuñó
el término “objetos transicionales” para
referirse a ellos. Aunque su variedad es infinita,
dichos objetos comparten en general la característica de poder ser poseídos y manipulados por el bebé, pero a la vez presentan
la condición de ser capaces de conservar
el olor de la madre u otras de sus características particulares
. De esta
manera, para Winnicott, representan el espacio que el bebé necesita para
renunciar a la posesión omnipotente de su figura materna, conservando algo de
la seguridad que ésta le proporciona.

Los objetos más importantes en la
primera mitad del primer año de vida
 son el chupete, el pulgar y el biberón. El
bebé necesita succionar ya que la succión conlleva mucho más que la propia
función nutricia. El bebé que succiona con placer del pecho materno, y que cuenta con un vínculo
afectivo saludable, está incorporando todo experiencias
primarias satisfactorias
, que le permiten una interiorización del mundo
externo como positivo. Además, durante los dos primeros años de vida, la boca
es el lugar privilegiado a través del cual el bebé escanea y explora el mundo
permitiéndole discriminar sensaciones placenteras y displacenteras en función
de su experiencia subjetiva. .
El chupete
como sustituto del pecho materno,
cumple a su vez funciones de auto-consuelo y auto-estimulación. Sin embargo, no
son pocas la situaciones en las que es interpretado como señal de inmadurez y
eliminado antes de que el pequeño este madurativamente preparado para ello. Padres,
abuelos pediatras y lo que es más grave, educadores, protagonizan su cruzada personal en contra del chupete alegando
erróneamente que la supresión de la succión del chupete, es un signo de
madurez. En mi opinión cometen dos errores: De un lado ignoran que la succión responde a una demanda evolutiva
que muy probablemente acabará siendo abandonada cuándo el predominio de la
oralidad quede superado. De otro lado, fomentan
el desplazamiento de la succión a otros objetos
no tan fácilmente
renunciables como la propia mano. Durante el primer año deberíamos permitirle utilizar el
chupete sin ningún tipo de restricción. Su vivencia de bienestar está
relacionada con las sensaciones en torno a la boca. Por ello se llama este
periodo ‘la fase oral’. Las tomas no sólo le alimentan, sino también le
proporcionan intimidad, contacto corporal, mimos. El chupete o biberón
prolongan este bienestar. 



En la segunda parte del primer año, hacia
los 8 meses
, el bebé toma conciencia de que no forma una unidad con su
madre, sino que son dos seres distintos.
Esta vivencia de subjetividad
implica por necesidad la posibilidad de perdida del objeto amado, la madre situación
que conlleva cierta angustia. En este momento observamos la aparición de otro “objeto transicional.” Muchos bebés escogen
en este periodo un peluche, como por ejemplo un osito, que se convierte en un
compañero inseparable. La mascota, mantita o cualquier objeto elegido cobra
mucha importancia en este periodo en el que el niño vive sus primeras
separaciones, es su punto de apoyo y le facilita el paso hacia lo desconocido (la
entrada en la guardería, etc.).
La elección del “objeto transicional” es algo personal. Por mucho que te empeñes en
sugerirle objetos el decidirá. Sin embargo, todas tienen algo en común: su
tacto es suave y son fáciles de agarrar y manipular suelen estar desgastados y
usados. Nunca debes decir nada al respecto ni comprarle otro nuevo; para tu
hijo es el más querido.
Un consejo; ¡Guárdalo sea cual sea su estado!